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Mi segunda vez
La ilusión de hacer el amor
por primera vez me llenó por completo cuando mi primo se
puso entre mis piernas y en varios intentos logró introducir
su pene en mi coñito. Me dolió un poco. No sentí
el placer que había logrado cuando me masturbaba, pero
sent
ía en mí algo diferente.
Tenía una sensación de ser mujer y estar dando placer
a un hombre que me gustaba. Aquella noche apenas pude dormir recordando
el cuerpo de mi primo y reviviendo cada instante. Había
estado desnuda y ofreciendo mi cuerpo casi de n
iña a un hombre. Eso me pareció
entonces. Veinte años eran para mí la madurez. Mis
dieciséis estaban aún en la adolescencia.
Sin embargo, todo cambió en pocos días. El sueño
de perder la virginidad me había precipitado a un acto
del que no logré arrancar unos gramos de placer.
Fue la segunda vez cuando sentí realmente el placer del
sexo. Superé incluso el que alcanzaba en mis noches solitarias.
Conocí a Luis en el metro. Resulta inexplicable porque
fue la casualidad la que hizo que nos encontráramos hablando
de nada para matar la espera de un retraso inexplicable. El superaba
los cuarenta años, pero tenía un espíritu
joven. Por supuesto, sus gu
stos son los de un cuarentón
en cuanto a música, cine y diversión. Después
de esperar un rato, me propuso coger el autobús para llegar
hasta casa. No me pareció mal y salimos a la calle.
La parada estaba repleta de gente. Muchas personas habían
pensado lo mismo que nosotros ante el retraso del metro.
Subimos y conseguimos avanzar hasta el centro del autobús.
La gente estaba apretada como sardinas en lata. Luis hizo un pequeño
hueco entre los asientos y la ventana y me colocó a salvo
de apreturas y empujones. Me puse de cara a la ventana para distraer
me un poco durante el recorrido.
Al instante sentí un pequeño empujón. Luis
estaba totalmente pegado a mi. Me pidió disculpas e intentó
separarse. Le costaba mucho mantener el pequeño hueco en
la que me había instalado. Yo me sentía protegida
por aquel h
ombre maduro. Me relajé y
mi cuerpo se apoyó sobre el suyo. Quería manifestarle
sin palabras que comprendía su situación, que podía
pegar su cuerpo al mío. De lo contrario acabaría
agotado. Giré la cabeza y le sonreí. Incluso le
dije que no se esforzara
tanto o se haría daño.
El me sonrió y me pidió disculpas. Su cuerpo se
pegó al mío y yo sentí como una caricia en
mi espalda. Mis nalgas notaban el abrazo de otro cuerpo y mis
pezones brotaron con fuerza. Sentía deseo y apreté
mi cuerpo contra el de Luis
. Me moví un poco para confirmar
que tenía una erección. Me moví ligeramente
para colocar el bulto entre mis nalgas. No hice nada más.
Poco a poco el autobús se fue quedando vacío y nuestros
cuerpos se separaron. Sólo comentó que hacía
mucha calor. Yo l
e miré a los ojos y le sonreí.
Tuvo que notar el deseo en mi mirada porque yo sentí entre
mis piernas una humedad cálida que me hacía temblar.
El se bajó porque tenía que enlazar con otra línea,
pero quedamos en vernos al día siguiente en la estación
del
metro para hacer el trayecto juntos.
Aquella noche toqué todo mi cuerpo soñando que era
Luis quien lo hacía. Me masturbé tres veces hasta
que el sueño me venció.
Al día siguiente se me hicieron muy largas las horas en
la academia. Esperaba impaciente el momento de encontrarme con
aquel cuarentón amable y educado que me provocaba tanto
deseo.
Le esperé en la calle. Cuando le vi se me iluminó
la mirada. Me invitó a tomar un refresco y se me llenó
el alma de esperanza. Deseaba que el metro se retrasase o que
estuviese lleno de gente para poder sentir su proximidad.
No hizo falta. Me explicó su situación y me confesó
que la tarde anterior había tenido mucha suerte de conocerme
porque le había rejuvenecido. No sé si era verdad
o era mentira que su vida sentimental atravesaba un bache. Me
era indiferente. Quería reviv
ir las sensaciones del autobús.
Sentir aquel deseo pegado a mis nalgas. Mientras me hablaba yo
imaginaba sus besos, sus caricias, su cuerpo, su sexo entre mis
manos.
Nos levantamos y salimos del bar. Puse mi mano rozando la suya
y me la cogió. Entonces no quise aguantarme más.
Le llevé hasta un portal y una vez dentro le besé
en los labios. Fue como abrir la tapa de un volcán. Sus
manos cogieron mi cintura y su boca
se pegó a la mía con
ansiedad. Me besó la boca, la cara y el cuello mientras
sus manos recorrían mi espalda, mis tetillas y mi cintura.
Estuvimos allí muy poco tiempo. Después de preguntarme
si disponía de tiempo, llamó a su mujer y le dijo
que se retras
aría un poco. Un taxi nos
condujo hasta una calle muy tranquila en la que había un
hotel.
Nada más entrar en la habitación me besó
como nunca pensé que se pudiera besar. Me desnudó
poco a poco y cuando yo le quité toda la ropa me llevó
hasta la ducha. Nos enjabonamos y nos acariciamos con locura.
Los besos bajo el agua eran inagotables. Yo es
taba ardiendo. Mi cuerpo quemaba
bajo la toalla mientras el me secaba la espalda.
Me tumbó en la cama y me beso todo el cuerpo. No sabría
decir cuándo sentía más placer. Su lengua
jugaba con la mía mientras su mano iba de mis pezones a
mi sexo. Yo notaba sus dedos jugando con mi vello y con mis labios.
Tocaba mi clítoris y eso hacía q
ue mi cuerpo se convulsionase. Después
de muchas caricias, sus labios y su lengua fueron lamiendo todo
mi cuerpo. Cuando llegó a mi sexo esperé con ansiedad
sus besos. Sus caricias me estaban volviendo loca. Su lengua abrió
mis labios y llegó hasta el cl
ítoris. Se movía con
tanto placer que los flujos estaban mojándome toda. Sus
labios atrapaban mis labios y los chupaban. Su dedo jugaba a entrar
en mi coñito y se quedaba a la puerta provocando toda mi
ansiedad. Después de sentir que el placer me inundab
a entera le puse boca arriba para
saborear todo su cuerpo. Acaricié su pene y sus huevos.
Lo miraba con deseo reprimido. El se dio cuenta de mis dudas.
Sólo me dijo bésalo. Sentí en mis labios
el calor de la punta del pene y se abrieron hambrientos. Chup
é aquel sexo por ser de quien
era y porque quería entregarle todo el placer que me estaba
dando. Luis me cogió por la cintura y atrajo mi sexo hasta
su boca. Ahora nuestras lenguas estaban en nuestros sexos. Durante
unos minutos sentí que mi cuerpo se ab
ría y se hacía inmenso.
Estaba gozando del sexo como nunca antes había imaginado
en mis sueños. Jamás mientras me masturbaba soñé
con alcanzar un placer tan intenso y tan duradero.
El pene de Luis estaba muy duro. Saboreé unas gotitas blanquecinas
que manaron de la punta. Estaba muy excitado. Puso mi cuerpo sobre
su cara y su boca pegada a mi sexo. Sus labios y su lengua me
transportaron a un mundo desconocido y maravilloso. Cada p
oro de mi piel respiraba placer;
cada nervio de mi cuerpo vibraba con las caricias. No quedó
ni una sola célula de mi piel que no fuese acariciada y
besada por Luis. Yo flotaba en una nube tan delicada y suave que
me parecía un sueño.
Con tanta delicadeza cogió mis caderas y mi cuello para
echarme de espaldas en la cama que sentí los principios
del orgasmo. Luis se puso encima de mi y mientras me besaba apasionadamente
su pene iba entrando en mi cuerpo con tanta suavidad que sólo
nota
ba el placer que me regalaba. No
sé el tiempo que estuvo encima de mi, pero fue maravilloso
e inexplicable. Estaba abrazando el universo y lo estaba poseyendo
a la vez. Luis salió de mis entrañas como había
entrado: con dulzura, casi sin que yo me diera
cuenta. Besó mi sexo con
cariño. Se puso de rodillas y levantó mis caderas
para entrar de nuevo dentro de mi. Yo disfrutaba con cada uno
de sus movimientos, con cada una de sus caricias hasta el punto
que tenía todas las nalgas mojadas. Me cogió la
cintu
ra con una mano para mantenerme
pegada a él y que su pene continuase en mi vagina. Con
la otra mano acariciaba mi clítoris. Yo le miraba y cerraba
los ojos para disfrutar del placer que sentía en todo mi
cuerpo. Un ciclón de placer empezó a crecer en mi
clítoris y entraba por mi
vagina hasta inundarme todo el cuerpo. Mi cuerpo empezó
a convulsionarse. Luis seguía acariciando mi clítoris
hasta que le aparte la mano. Estaba en la cima de no sé
dónde. Mis pechos iban a estallar. Los pezones me dolían
de gu
sto. Luis acercó su boca
a mis tetas y me las chupó. Su cintura empezó a
moverse con fuerza y su boca se acercó a la mía.
Su lengua se movía con tal vigor que mi placer se prolongó
hasta el infinito mientras sentía un líquido caliente
en mi interior. Los
minutos que siguieron fueron de
un fuego apagándose poco a poco pero dejando un calor permanente.
Nos miramos y nos besamos. Luis me dio las gracias por tanto placer.
Yo sólo le besé.
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